
Cuando Marijose ha recogido a Raúl de las clases de inglés, estaba esperando en la puerta otro padre de un compañero con un perro (la verdad es que no se si grande o pequeño, ni la raza...).
La cuestión es que Raúl pregunta a la madre "¿puedo acariciarlo, mamá?"; le dijo que si, y por lo que me cuenta ha sido una gran ilusión, tenía la cara iluminada, esa cara que ponen los niños cuando se notan que son felices. Ya en el camino a casa, como tantos y tantos niños, le decía a la madre que quería un perrito. Nada más llegar a casa, a lavarse las manos y a contármelo.
Desde que le diagnosticaron leucemia no hemos dejado que toque a ningún animal (por muy limpio y vacunado que estuviera), incluso él se apartaba un poco de los animales para que no lo tocaran. Creemos que también va llegando el momento de normalizar este aspecto; tampoco pretendemos que le tenga miedo a los animales, y es una buena forma de empezar a ello.
Por cierto, vivimos en un piso y yo no veo que sea el sitio más adecuado para un perro; así que no decirme que le consiga uno.